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Un día, como otro cualquiera. Recibo una llamada telefónica pidiendo una cita para consulta; ¿el motivo? Esta mujer, X, se sentía fatal y muy culpable porque mantenía una relación, oculta, con otro hombre y estaba engañando y por tanto tratando fatal a su marido. Llevaba con antidepresivos y benzodiacepinas medicada muchos años.

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Video del Psicoanalista Juan Pundik, sobre ese "trastorno" inexistente llamado TDAH (Trastorno por déficit de atención e hiperactividad)

¿Por qué no aprendemos de lo malo?

Las teorías psicológicas basadas en el aprendizaje presuponen, a consecuencia de esto, que, el ser humano, es capaz de aprender de sus experiencias negativas y, por tanto, de no repetirlas en sus conductas cotidianas diarias. Por ejemplo, el amable lector habrá observado las campañas antitabaco en las que, en las cajetillas, se incluyen toda clase de fotografías bastante horribles referidas a las consecuencias de una continua acción de fumar. Lo que se pretende, como se deduce de lo expuesto anteriormente, es que el ciudadano aprenda de esas consecuencias negativas y, en consecuencia, abandone ese hábito nocivo. También habrás podido observar los anuncios de Tráfico en los que, para evitar conductas de riesgo al conducir, se ofrecen imágenes de personas en sillas de ruedas debido a accidentes ocasionados por estas conductas imprudentes. Pero la pregunta que nos surge a todos es... ¿funciona? ¿Las personas dejamos de fumar o de conducir arriesgadamente al ver las consecuencias negativas de esas conductas? La respuesta es obvia, clara y contundente: ¡en absoluto! ¿Qué es lo que ocurre entonces?

Sigmund Freud, al final de su vida y de su obra, se dio cuenta de que, el ser humano, es capaz de tener conductas muy de riesgo, y a pesar de ser consciente de las consecuencias que podrían acarrearle, y continuar practicándolas. Habló, Freud, entonces de que el hombre tiende al placer pero también al displacer; que hay una pulsión de vida, pero también una pulsión de muerte. Más tarde, Jacques Lacan, hablaría del goce, en el que el placer y el displacer estarían en una misma línea, en una dimensión o continuo, y no serían dos cosas contradictorias. Por ejemplo, si empezamos a rascarnos sentiremos placer pero, si continuamos haciéndolo sin parar, empezaremos a sentir mezcla de placer y dolor, y al final sentiremos dolor pero, inevitablemente, continuaríamos haciéndolo. Esto ocurre en la práctica clínica diaria: adicciones en las que la persona no sabe ni puede controlarse; y en muchos tipos de neurosis en los que la persona vive instalada en la queja y en el sufrimiento (quien no ha tenido una vecina así) y ya le puedes decir lo que sea que seguirá quejándose. Hay un evidente goce en la queja.

No es momento de profundizar en este pequeño texto, pero sí de incitar al lector a informarse, si es su deseo, sobre esta importantísima cuestión que está aparejada a una concepción del ser humano que nos ve más en la complejidad y subjetividad que verdaderamente nos conforma.

¡Un abrazo!

Manuel Noriega B. Psicólogo y Psicoanalista